martes, 28 de diciembre de 2010

Sobre los politólogos y las politólogas

Bogotá, septiembre de 2007

A finales del 2007, fui invitado por la decana de la facultad de Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales de la Pontificia Universidad Javeriana, Claudia Dangond, para que me dirigiera a los estudiantes que recibirían el título de politólogos en la decimosegunda ceremonia de graduación de la carrera de Ciencia Política de la Universidad Javeriana.


Durante semanas, la idea de dirigirme a este grupo de colegas alcanzó a atormentarme. En un principio consentí la arrogante opción de hacer una serie de observaciones sobre nuestra realidad política; indignarlos con cifras escalofriantes de violencia, pobreza, corrupción, o de cualquier cosa que me fuera rentable como orador, para luego plantear una posición sobre un tema y concluir con algunas observaciones obvias sobre el rol y el compromiso del politólogo en nuestra sociedad. Además de pretencioso, semejante discurso habría sido naturalmente inútil y abusivo.

En un acto de humildad tuve que reconocer que tal vez lo único que tenía de valor para compartir con ellos eran unas breves y muy personales reflexiones sobre mi cortísima experiencia como politólogo [javeriano] y dejar a su juicio la pertinencia y utilidad de las mismas.

Pronunciado el discurso y terminada la ceremonia, la decana me sugirió compartir el discurso con una audiencia más amplia. Después de hacer algunas modificaciones de forma, he decidido acceder a su sugerencia y compartir con ustedes, futuros colegas, las palabras que compartí con el grupo de politólogos que supongo estarán ya enfrentándose a la realidad de ser politólogos javerianos.


EL POLITÓLOGO VISTO DESDE TODOS LOS FRENTES

Desde 1998 he contado con la suerte de verme como politólogo javeriano y de ver a politólogos javerianos desde múltiples perspectivas. Siendo alumno los he visto como profesores; siendo docente, los he visto como alumnos; en mi experiencia como investigador, los he visto como científicos sociales; siendo empleado los he visto como jefes y colegas y siendo líder los he visto como empleados.


Este panorama polifacético que he tenido del politólogo
[javeriano] me ha dado una idea más o menos educada de nuestra identidad profesional y me permite además hacer un aporte modesto y un tanto pragmático a ese debate que parece haber al interior de la Facultad sobre la naturaleza de la ciencia política y la razón de ser del politólogo.


CUATRO TIPOS DE POLITÓLOGOS

En mi corta vida profesional he conocido básicamente a cuatro politólogos, o mejor, cuatro formas de ser politólogo
[javeriano]: El infiltrado, el investigador, el saboteador y el vendedor de carros.

El primero, el infiltrado, es el joven dedicado, juicioso e informado que no ve la hora de tener en sus manos un diploma que le aporte consistencia y solidez a su hoja de vida. Es el politólogo que quiere cambiar el mundo “desde adentro” (como decía una compañera mía quien se sería más adelante la directora logística de un almacén en cadena). Es el politólogo que comparte, la que me imagino es la ilusión de éxito del economista o el abogado, y habla con orgullo de cargos burocráticos, sueldos, viajes y se refiere con familiaridad a personajes ‘influyentes’ que salen con frecuencia en los medios de comunicación.

El politólogo infiltrado tiene la habilidad de darle fondo y forma a una idea, un discurso o una política sin mayores contratiempos, pero también es capaz de darle fondo y forma a la idea, el discurso o la política contraria. Su legítimo afán por lograr independencia económica y autonomía profesional lo llevan a sacrificar sus opiniones y en ocasiones sus convicciones para garantizar estabilidad laboral y el favor de sus superiores. Para cuando alcanza la posición social y laboral con la que soñó, con frecuencia ha olvidado cómo y hacia dónde era que quería cambiar el mundo. A esas alturas defiende por inercia posiciones heredadas y sacrifica la creatividad por la comodidad de la rutina.

El infiltrado, sin embargo, es el politólogo que con mayor rapidez obtiene pequeñas victorias y a veces filtrando una palabra en un discurso, una frase en una presentación o una idea en la mente de sus superiores, empieza a tener un impacto modesto, pero certero, sobre su entorno. Su conocimiento sobre la realidad, aunque con frecuencia burocrático, es muy valioso para la intervención efectiva sobre el devenir político. Sin él o ella, una idea nueva, el resultado de una investigación, el aprovechamiento de una oportunidad para el cambio, jamás aparecería en anales y archivadores de entidades gubernamentales y otras instituciones de carácter político. Con este politólogo, sin embargo, pasa lo que pasa con cualquier infiltrado: aprende con rapidez, interviene con eficacia, pero con el paso del tiempo adopta la identidad exigida por su entorno.

El segundo, el investigador, es en mi opinión el único que ejerce la profesión de politólogo en su máxima expresión. Es el joven que sueña con acumular diplomas y ver su nombre completo en el lomo de uno o varios libros con un título preferiblemente incompresible para el resto de los mortales. Es una persona juiciosa, metódica y dedicada que se entrega por completo a la tarea de develar misterios y encuentra con frecuencia en la docencia un refugio seguro contra un mundo ilógico, desordenado y miope. Es el politólogo con el que es prácticamente imposible sentarse a tomar un café y hablar de asuntos políticos.

Para el investigador, las palabras y sus significados son sagradas, el método científico un dogma, las evidencias un tesoro y los resultados un trofeo. Este politólogo aprende a convivir con el hecho de que sus ideas y los resultados de sus estudios pueden tardar años y hasta décadas en ser adoptadas por el mundo real. Con frecuencia sus observaciones y recomendaciones son tratadas por los políticos como paliativos y muy rara vez como soluciones integrales a problemas complejos. Todo esto ocurre principalmente porque este politólogo tiende a excluir las emociones y la torpeza institucional de sus finos cálculos y elaboradas hipótesis de trabajo.

El investigador cumple con una función crucial en la expresión de la ciencia política como profesión. Es el que sabe sobre los últimos avances de esta ciencia social. Conoce cuando su sociedad está tratando de reinventar la rueda y prevé lo que el mundo político llama “resultados inesperados”. Sin su presencia, la innovación no sería posible y sin su apoyo, los políticos y las sociedades cometerían los mismos errores una y otra vez, aun con mayor frecuencia. Sobre el riesgo que corre el investigador de reconocer en una torre de cristal su único hábitat posible no tendría nada que agregar.

El tercero, el saboteador, es el que desde la comodidad de su propia inteligencia y la libertad que él mismo se ha construido; desprendido, por ahora, de vulgares deseos materiales, sueña con enfilar sus plumas, justamente, creo yo, contra un sistema corrupto, desigual e inoperante. Es el joven que posee un liderazgo envidiable y el conocimiento más crudo que se pueda tener de la realidad, pero que se escuda en el presupuesto de la destrucción para justificar su inacción.

Sus opiniones, llenas de justicia, denuncia y, por supuesto, validez, carecen con frecuencia de evidencias que superen la lágrima derramada, la expresión de sufrimiento y la sangre perdida injustamente. La fidelidad y el compromiso con la transformación de su entorno lo convierten en ocasiones en una persona terca e intransigente, y la idea de hacer uso de los mecanismos que ofrecen sistemas e instituciones vigentes le parece una aberración.

El saboteador, sin embargo, es el creativo, el detector de injusticias. Sin su intervención, el cambio no sería posible y buena parte de la realidad política, la que no queremos ver, sería efectivamente invisible. Sin su capacidad de leer entre líneas, a veces con la inevitable tendencia a encontrar conspiraciones donde no las hay, no sería posible descubrir dramas y verdades que se esconden detrás de las fachadas de las instituciones y en los corazones de conciudadanos regados y relegados por todo el país.

Está finalmente el vendedor de carros, o el que conocemos vulgarmente como “el político”, que para efectos del ejercicio de la ciencia política, viene a ser la misma cosa.

Seguro lo han reconocido entre ustedes. Desde primer semestre se dedica a sembrar amigos y a tejer redes que le sirven como peldaños que escala pacientemente hacia cargos de elección popular para ejercer desde allí algún tipo de liderazgo. Algunos se quedan en el camino. A estos últimos les denominamos “lagartos”. La naturaleza de sus sueños lo llevan a priorizar la imagen y la coherencia de sus ideas sobre el conocimiento de la teoría o la realidad política.

Un apretón de manos, una foto o un voto valen más que cualquier salario, publicación o transformación del mundo.

Sin embargo, debemos reconocer que no todo el mundo está hecho de ese material que se requiere para exponerse al concurso de popularidad que llamamos democracia. El vendedor de carros tiene en sus manos el poder de decisión y la capacidad de ejercer influencia con una llamada o una breve conversación. Es capaz de sacrificar toda su vida, personal y profesional por una idea –sin que nos importe por ahora lo que lo motiva a proceder de este modo-. Un politólogo de estos puede poner en marcha cualquier tipo de transformación y lograr alterar efectivamente y en ocasiones de manera contundente el mundo que nos rodea.

LA COMBINACIÓN DE TODAS LAS FORMAS DE UN PROFESIONAL

En mi opinión, el politólogo
[javeriano] exitoso es aquel que atendiendo a su propia naturaleza se incorpora en la vida profesional como infiltrado, investigador, saboteador o vendedor de carros, pero que nunca renuncia del todo a cualquiera de las otras tres identidades.

Un infiltrado que no actualiza su ciencia y que no ve más allá de la pantalla de su computador puede convertirse en un funcionario injusto, obtuso y cómodo. Sin pequeñas dosis de investigación y de sabotaje, el infiltrado, como politólogo, no aporta nada a nuestra sociedad.

Un saboteador que no es capaz de entender que hay que ceder a veces ante la realidad para abrirse puertas y hacer la diferencia, o que fundamenta sus argumentos exclusivamente en los sentidos apelando a la indignación de sus audiencias se convierte en un poeta maldito, terco, intransigente e ineficaz. Renegando del investigador, del infiltrado y del vendedor de carros, el saboteador, como politólogo no aporta nada a nuestra sociedad.

Un vendedor de carros, o político, que no dedique algunas horas de sus días a cuestionar la realidad, a sabotear sus propias ideas o a conocer lo que dicen sus colegas en revistas especializadas, corre el riesgo de convertirse en un manzanillo de pacotilla. Sin el aporte del investigador o del saboteador, el vendedor de carros no tiene nada que dar, como politólogo, a nuestra sociedad.

Finalmente, los esfuerzos del investigador pueden convertirse en letra muerta si no apela al conocimiento práctico del infiltrado, a las redes de influencia del vendedor de carros y al sentido humanista del saboteador. Corre el riesgo de ser o parecer un científico loco, rodeado de libros y de cifras; incomprendido, lleno de buenas ideas y aun más nobles intenciones.

A diferencia del resto, el politólogo investigador puede no apelar al conocimiento burocrático del infiltrado, a la ambición del vendedor de carros o a la ilusión de destrucción del saboteador, y aun así hacer grandes aportes a la ciencia política como disciplina e incluso sembrar semillas para cambios y transformaciones. Sin embargo, al no hacerlo, está dejando en manos de la casualidad y la suerte su poder de intervención sobre el curso de las cosas.

Como advertí más arriba, estas palabras pronunciadas a mis jóvenes colegas es una reflexión muy personal, algo informal y sobre todo muy sincera sobre lo único que creo tener para compartir. Calculo que en los próximos cinco años la curva demográfica del politólogo
[javeriano] empezará a rondar la edad de los 40 años y quizás esos politólogos nos puedan dar luces sobre el rol, las virtudes y las debilidades de nuestra profesión en el mundo real.

Personalmente, creo que el politólogo javeriano, como profesional, necesita desarrollar una especie de esquizofrenia metódica que involucre de una u otra forma las cuatro identidades a las que hice referencia si quiere contar con una ventaja competitiva en el mercado laboral, pero sobre todo si quiere realmente intervenir y transformar su entorno con el ideal del cambio y la justicia social, lo que sea que eso signifique para cada uno de ustedes.

Juan Fernando Giraldo
Septiembre de 2007

1 comentario:

  1. "La mejor teoría es la que más sirve en la práctica"

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